“Total”, añadió encogiéndose de hombros,
“estás sola… y siempre te ha gustado cuidar cosas”.
Patricia dejó una bolsa grande de comida para perros junto a la mesa.
Después pegó una hoja en el refrigerador.
Un horario.
7:00 comida
13:00 paseo
19:00 comida
“Así es más fácil para ti”, dijo con una sonrisa.
Sentí una punzada de rabia tan limpia que me devolvió el aire.
Me estaban repartiendo mi futuro como si fuera una habitación vacía de la casa familiar.
Yo sonreí.
No discutí.
No lloré.
No levanté la voz.
Solo acaricié uno de los transportines y pregunté con calma:
“¿Cada vez que viajen?”
Diego se encogió de hombros.
“Claro. Tú siempre has sido la que resuelve todo”.
Lo dijo con orgullo.
Como si fuera un homenaje.
Pero fue una sentencia.
Esa noche abrí el cajón donde guardaba el pasaporte, el boleto y la reserva impresa.
Miré la hora de salida del barco en Puerto Vallarta.
6:10 de la mañana del viernes.
Faltaban menos de treinta y seis horas.