Mateo entró y en la pared del fondo de la sala, donde durante 40 años había colgado la foto de los cuatro juntos, la de la boda de sus padres, la de él y Rodrigo de niños, solo había cuadros nuevos. Rodrigo, Fernanda, un niño pequeño. La familia Reyes había sido borrada de su propia sala. Mateo seguía mirando la pared cuando escuchó los pasos, pasos pequeños, rápidos, de alguien que todavía no había aprendido a caminar despacio. Un niño apareció desde el pasillo.
Tendría unos 8 años. Cabello rizado, rodilla raspada, una mancha de chocolate en la orilla de la camiseta. se detuvo al ver al extraño en su sala y lo estudió con esa seriedad particular que tienen los niños cuando evalúan a un adulto nuevo. Luego preguntó directo, “¿Cómo solo los niños pueden serlo, ¿eres tú el tío Mateo?” “Sí”, respondió Mateo y sintió algo aflojarse en el pecho. El niño no esperó más. Cruzó la sala corriendo y se le echó encima con los brazos abiertos como si se conocieran de toda la vida.
Mateo lo sostuvo sorprendido y el niño le dijo contra el hombro con voz de quien comparte un tesoro. Abuela dice que tienes los ojos más honestos de la familia. Mateo cerró los ojos un momento. Su madre había dicho eso de él. Lo había dicho frente a este niño en algún momento, con suficiente convicción como para que él lo recordara y lo repitiera, lo que significaba que ella hablaba de él, que no lo había olvidado. ¿Y tú cómo te llamas?, preguntó Mateo cuando el niño se separó.
Miguel Ángel, pero todos me dicen Miguelito. Rodrigo apareció desde la cocina con dos tazas de café y una sonrisa que ya estaba puesta antes de entrar. Ya se conocieron”, dijo, “como si fuera lo más natural del mundo. Ándale, migue, ve a desayunar. Ya desayuné. Entonces, ve a jugar.” El niño lo miró con esa expresión de quien sabe que lo están mandando lejos, pero obedeció sin protestar. Antes de doblar por el pasillo, volteó una vez más hacia Mateo, solo para verlo, como cerciorándose de que seguía ahí.
Fernanda sirvió los cafés sin decir nada. Mateo notó que ella organizaba y reorganizaba las cosas sobre la barra sin ninguna razón real. El azucarero, las cucharitas, el azucarero otra vez. Rodrigo habló durante 20 minutos. Habló de planes para ayudar a Mateo a conseguir trabajo, de conocidos que podían darle una mano, de lo difícil que estaba la ciudad, pero que entre hermanos todo se resolvía. Cada oración cerraba una puerta. Cada oferta era también una forma de decir, “Yo estoy a cargo aquí.” Mateo escuchó, asintió cuando era necesario y fue haciendo preguntas pequeñas, espaciadas, casi casuales.
¿Cuánto tienen en el rancho mis papás? Como 5 años ya. Les encanta, de verdad, ¿y les alcanza para todo allá? Yo me encargo de que no les falte nada, Mateo. Son mis padres, también tienen teléfono. Una pausa brevísima, casi imperceptible. La señal allá es muy mala, pero están bien, te lo juro. Mateo tomó su café, asintió una vez más. Fue entonces cuando Miguelito regresó, entró a la cocina a buscar agua y mientras llenaba su vaso dijo sin voltear, con la misma naturalidad con que habría comentado el clima.
Tío Mateo, ¿por qué nunca fuiste a visitar a los abuelitos al rancho? Abuela llora mucho cuando dice tu nombre. El silencio que siguió duró apenas 3 segundos, pero en esos 3 segundos, Mateo vio a Rodrigo dejar de respirar, vio a Fernanda soltar la cuchara y vio con toda claridad la primera grieta en la fachada perfecta de su hermano. “Los niños dicen cosas”, dijo Rodrigo y le revolvió el cabello a Miguelito con una mano demasiado apresurada. “Ándale, el agua y a jugar.” Miguelito se fue sin entender lo que había dicho, sin saber que acababa de decir todo.
Esa noche, Mateo se quedó en el sofá de la sala. Rodrigo no le ofreció su cuarto y él no lo pidió. Miró el techo en la oscuridad. Pensó en su madre llorando en un rancho que no conocía diciendo su nombre. Y pensó en don Filiberto, el viejo vecino que siempre había sabido más de lo que decía. Mañana lo buscaría. Don Filiberto Cruz abrió la puerta antes de que Mateo terminara de tocar, como si hubiera estado esperando del lado de adentro o como si los años le hubieran afinado el oído hasta escuchar los pasos que importan.
Lo miró de arriba a abajo, arrugó los ojos, asintió despacio con esa economía de gestos que tienen los viejos que ya no necesitan disimular nada. Sabía que ibas a venir, dijo, “Entra.” La casa olía a café negro y a madera vieja. Había herramientas colgadas en la pared de la entrada, un par de botas llenas de lodo junto a la puerta y sobre la mesa de la cocina un cenicero con una colilla apagada. Don Filiberto no era hombre de adornos.
Se sentaron. El viejo sirvió café sin preguntar si Mateo quería. lo puso frente a él y fue directo. “¿Ya fuiste a ver a tus papás?” “Todavía no.” “Rodrigo dice que están en un rancho.” No, dice los mandó. Don Filiberto tomó su taza con las dos manos. Los vi salir hace como 5 años. Era temprano. Todavía no amanecía bien. Había una camioneta afuera cargando cosas. Tu mamá estaba parada junto a la ventana del cuarto. Hizo una pausa. Lloraba Mateo.
No de esas lágrimas de emoción, lloraba de las otras. Mateo apretó la taza, pero no dijo nada. Le pregunté a Rodrigo esa misma tarde. Me dijo que ellos solos lo habían decidido, que la ciudad ya no les convenía, que el rancho les haría bien. Lo dijo muy tranquilo, muy seguro. El viejo lo miró fijo. Demasiado tranquilo para alguien que acaba de despedirse de sus padres. Fuiste a verlos al rancho una vez. Como al año de que se fueron, don Filiberto dejó la taza sobre la mesa con cuidado.