La miseria de Nayeli no tenía sentido. Era la mejor enfermera de su generación. Era solicitada en los mejores hospitales privados. Limpiar sobras en un restaurante no era solo producto de la mala suerte, era una imposibilidad estadística. Alguien la había destruido y Héctor iba a averiguar quién caminó de regreso a su camioneta blindada. Sus zapatos italianos estaban arruinados, su traje manchado de barro, pero su mente trabajaba a una velocidad letal. Encendió el motor V8. El rugido rompió el silencio de la madrugada.
Sacó su teléfono satelital del compartimiento y marcó un número encriptado. Sonó dos veces. Dígame, señor Villalobos. La voz al otro lado era áspera, profesional y sin rastro de sueño, a pesar de ser las 3 de la mañana. Vargas, necesito todo, absolutamente todo. ¿Sobre quién, señor? Nayeli Rojas, exenmera en el Hospital San José. Quiero saber dónde ha estado los últimos 5 años, dónde ha trabajado, quién la ha contratado, quién la despidió, sus cuentas bancarias, sus registros médicos. Quiero saber quién le vende el pan y quién le cobra el agua.
Lo quiero en mi escritorio a las 7 de la mañana. Y Vargas. Sí, señor. Si descubres que alguien le hizo daño, quiero el nombre de esa persona en letras rojas. El sol de Monterrey golpeaba los inmensos ventanales de cristal del corporativo Villalobos, pero la oficina principal en el piso 40 estaba sumida en un frío glacial. Héctor no había dormido un solo segundo. Estaba de pie frente al ventanal, mirando la ciudad a sus pies, aún con el mismo traje manchado de lodo de la noche anterior.
La puerta de madera de Caoba se abrió a sus espaldas sin que nadie tocara. Ignacio Vargas, un exmilitar de inteligencia que ahora operaba como el investigador privado más despiadado de la élite mexicana, entró en la oficina. Llevaba un maletín negro de cuero rígido. No hizo preguntas sobre el aspecto desaliñado de su jefe. Simplemente caminó hasta el escritorio de cristal templado y dejó caer una carpeta gruesa. El sonido resonó como un disparo en el silencio de la oficina.
“Fue difícil de desenterrar, señor Villalobos”, dijo Vargas cruzándose de brazos. Alguien se tomó muchísimas molestias en borrar a esta mujer del mapa. No querían matarla, querían asegurarse de que no pudiera sobrevivir. Héctor se giró lentamente. Sus ojos estaban inyectados en sangre. Caminó hacia el escritorio y abrió la carpeta. La primera página era una fotografía de Nayeli tomada hace 5 años. Sonreía con su uniforme blanco impecable. La segunda página era una fotografía tomada ayer. Nayeli saliendo por el callejón de servicio del restaurante cargando bolsas de basura.
El contraste era una puñalada directa al pecho. Explícate, ordenó Héctor con la voz ronca. Nayeli Rojas no renunció a su carrera, señor. Fue inhabilitada. Hace exactamente 4 años y 11 meses. Héctor hizo el cálculo mental al instante, un mes después de que él la abandonara y se casara con Fabiola para consolidar la fusión de sus empresas familiares. ¿Por qué? exigió saber pasando las páginas llenas de sellos judiciales y actas notariales. Fue acusada de negligencia médica severa y robo de narcóticos dentro del Hospital San José.
Las acusaciones fueron brutales. Según el expediente, robó morfina y medicamentos pediátricos carísimos del inventario para venderlos en el mercado negro. alteró los registros, puso en riesgo la vida de pacientes. Héctor estrelló el puño contra el cristal del escritorio con tanta fuerza que la estructura crujió. Es mentira, rugió escupiendo las palabras con una furia incontrolable. Nayeli jamás haría eso. Su vocación era su vida. Preferiría morir de hambre antes de robarle una pastilla a un paciente. Es un montaje, sea.
Lo sé, señor, respondió Vargas con frialdad clínica, sin inmutarse ante la explosión de ira. Y la junta médica también lo sabía. En ese momento, faltaban pruebas contundentes. Iban a desestimar el caso. Pero entonces alguien intervino. Héctor se paralizó. Una gota de sudor frío recorrió su nuca. levantó la vista hacia el investigador. ¿Quién? Vargas extendió la mano, tomó un documento del fondo de la carpeta y lo deslizó sobre el escritorio. Era una transferencia bancaria internacional por 3 millones de pesos dirigida a la cuenta personal del director del Hospital San José, fechada el mismo día en que Anayeli y le revocaron la licencia médica para siempre.
El remitente del dinero estaba claramente impreso en la cabecera del banco. Fideicomiso familiar Mendoza. El aire abandonó los pulmones de Héctor. El mundo empezó a girar vertiginosamente a su alrededor. Mendoza, el apellido de soltera de su esposa. Fabiola. Su actual esposa, la señora Fabiola Mendoza de Villalobos, manejaba ese fideicomiso en ese entonces. Continuó Vargas como si estuviera leyendo el clima. Pero eso no es todo. La señora Rojas intentó buscar trabajo en hospitales públicos, clínicas pequeñas, incluso farmacias de barrio.
Cada vez que conseguía una entrevista, el bufete de abogados de la familia Mendoza enviaba una carta amenazando con demandas multimillonarias por encubrimiento de una criminal a cualquier clínica que osara contratarla. Héctor se dejó caer en su silla de cuero. El informe era un acta de ejecución. Fabiola no solo la había despedido, la había cazado sistemáticamente, bloqueando cada puerta, cerrando cada oportunidad, asfixiándola hasta que la única opción que le quedó a una de las mejores enfermeras del país fue recoger basura en un restaurante para no morir de hambre.
¿Por qué? Susurró Héctor sintiendo que la garganta se le cerraba. ¿Por qué ensañarse así? Fabiola ya había ganado. Yo me casé con ella. El maldito imperio farmacéutico se unió. Nayeli nunca nos buscó. ¿Por qué destruirla así? Vargas guardó silencio por un momento. La expresión de su rostro, habitualmente de piedra, mostró un destello de genuina compasión. Pasó la última página del informe. Era un registro médico de urgencias de una pequeña clínica periférica fechado hace 4 años y medio.
Un acta de nacimiento. Porque la señora Rojas no estaba sola cuando usted la dejó, señor Villalobos. dijo Vargas en voz muy baja. La señora Fabiola descubrió lo que usted aparentemente ignoraba. Nayeli Rojas estaba embarazada y la familia Mendoza jamás iba a permitir que un hijo bastardo pusiera en riesgo la herencia y el control absoluto del monopolio farmacéutico que estaban construyendo con usted. El silencio en el piso 40 fue absoluto. Ensordecedor. Héctor tomó el acta de nacimiento con manos temblorosas.
Allí estaba impreso en tinta negra. Nombre del recién nacido Dante Rojas. El apartado donde debía ir el nombre del padre estaba dolorosamente en blanco. Héctor cerró los ojos y la imagen de Dante tosiendo en la oscuridad en una casa con piso de tierra, usando un nebulizador improvisado con sobras de basura médica, lo golpeó con la fuerza de un tren de carga. su hijo, el heredero legítimo de todo ese imperio de cristal y acero en el que estaba sentado.
Su esposa lo sabía. Su esposa había financiado la miseria de la mujer que amaba para enterrar vivo a su propio hijo. Héctor abrió los ojos. La culpa paralizante que lo había dominado durante la madrugada había desaparecido por completo. En su lugar, un fuego oscuro, una rabia asesina y calculada se apoderó de cada célula de su cuerpo. Se puso de pie. Su postura cambió. Ya no era el hombre de negocios derrotado, era un depredador a punto de destrozar su propio imperio.
“Vargas”, dijo Héctor con una voz tan fría que congelaría el infierno. “Señor, cancela todas mis reuniones, congela mis cuentas bancarias personales compartidas con Fabiola, bloquea su acceso a las tarjetas de crédito y retira su nombre de las propiedades de inmediato. Señor, eso desatará una guerra legal con la familia Mendoza hoy mismo las acciones de la empresa van a desplomarse. Que se desplomen, sentenció Héctor, abotonándose el saco manchado de lodo con absoluta calma. Quiero a esa familia en la calle antes de la medianoche.
Voy a quemar esta empresa hasta los cimientos si es necesario. Héctor tomó las llaves de su camioneta del escritorio y caminó con paso firme hacia la puerta de salida. ¿A dónde va, señor?, preguntó Vargas. Héctor se detuvo en el marco de la puerta. Sus ojos brillaban con una determinación feroz y peligrosa. A buscar al gerente de un restaurante y luego a recuperar a mi familia. El rugido del motor B8 rebotó contra las paredes de cristal del distrito financiero.