El recuerdo golpeó a Héctor con la fuerza física de un látigo, la arrogancia de su juventud, la frialdad con la que la había tratado para demostrarle a su padre que podía ser un líder implacable. Se odió a sí mismo en ese segundo más de lo que jamás había odiado a nadie. Aún así, intenté buscarte semanas después”, continuó Nayeli, su voz temblando por la furia contenida. “Fui a tu oficina, fui a tu corporativo de cristal. El guardia no me dejó pasar y esa misma tarde me interceptaron.” Héctor levantó la vista de golpe, el terror volviendo a sus ojos.
“¿Quién te interceptó?” Nayeli se abrazó a sí misma como si el calor sofocante del callejón de repente se hubiera convertido en hielo. Su mirada se perdió en la pared de ladrillos, reviviendo la pesadilla que la había empujado al abismo. Una camioneta negra igual a la tuya, sin placas. Me cerraron el paso cuando salía de mi turno en el hospital San José. Dos hombres de traje se bajaron. Me subieron a la fuerza a la parte de atrás. Héctor dejó de respirar.
Sus puños se apretaron hasta que los nudillos se pusieron blancos. Fabiola estaba sentada adentro, dijo Nayeli, y la pronunciación del nombre fue escupida como veneno. Llevaba un vestido de diseñador perfecto, lentes oscuros y una sonrisa que me revolvió el estómago. Sabía lo del bebé. Tenía un informe médico privado que yo nunca autoricé y tenía un arma. El corazón de Héctor se detuvo. Uno de los hombres me sujetó los brazos continuó ella con la voz bajando de volumen, atrapada en el terror del recuerdo.
Fabiola sacó una pistola pequeña plateada. Me la puso directamente en el estómago, justo donde estaba creciendo mi hijo, tu hijo, Héctor. Y me miró a los ojos sin levantar la voz. me dijo que si alguna vez intentaba contactarte, si alguna vez respiraba cerca de tu mundo o mencionaba que ese hijo era tuyo, no me iba a matar a mí. Me dijo que esperaría a que el niño naciera y luego lo ahogaría frente a mí para que yo viviera con esa imagen el resto de mis días.
Un gruñido gutural, oscuro y primitivo, brotó del fondo del pecho de Héctor. No era humano, era el sonido de un hombre cuya alma acababa de ser mutilada. La imagen mental de su esposa, apuntando un arma al vientre embarazado de Nayeli, hizo que la sangre le ardiera con un odio homicida. Fabiola me quitó mi licencia médica al mes siguiente. Siguió relatando Nayeli, con las lágrimas ahora cayendo libremente, pero sin bajar la mirada. Me acusaron de robo. Fui expulsada del gremio.
Cuando intenté buscar un abogado público, amenazaron de muerte a mi arrendador y me tiraron a la calle. Tuve que dormir en cajeros automáticos estando embarazada de 8 meses. Tuve que esconder a Dante debajo de puentes cuando nacía prematuro. Todo porque la heredera de los Mendoza no quería que bastardos mancharan el nombre de la empresa. Héctor cayó de rodillas sobre el pavimento sucio del callejón. Ya no le importaba su traje, su estatus, su maldito orgullo. Se aferró a las piernas de Nayeli y hundió el rostro en la tela desgastada de su pantalón, sollozando con una fuerza que lo sacudía por completo.
“Perdón, perdón”, gemía Héctor completamente destrozado. El peso de sus decisiones, el egoísmo, la ceguera, todo lo aplastaba. Nayeli no lo acarició, no le devolvió el abrazo, se quedó rígida, mirando por encima del hombro del hombre que solía ser el amor de su vida, ahora reducido a una cáscara rota en el suelo del callejón. “Me tragué mi orgullo, Héctor”, dijo ella con una frialdad sepulcral. “Dejé que me pisotearan, limpio mesas, recojo basura, extraigo medicamentos caducados para que Dante pueda respirar un día más.
Hice un trato con el infierno para mantenerlo vivo, escondida en los cerros donde Fabiola no pudiera encontrarlo. Nayeli dio un paso atrás, forzando a Héctor a soltarla. Lo miró desde arriba, implacable. Por eso te pido que te largues, Héctor. No te necesitamos. Nunca te hemos necesitado. Tu presencia aquí es una sentencia de muerte para mi hijo. Si Fabiola se entera de que nos encontraste, ella va a cumplir su promesa y yo no voy a dejar que entierres a mi hijo en tus camposantos de mármol.
Nayeli se dio la media vuelta, tomó su bicicleta vieja del manubrio y comenzó a caminar rápidamente hacia la avenida, dejándolo atrás. Nayeli, espera. Héctor se levantó del suelo trastabillando. Sus ojos ya no tenían lágrimas. Ahora tenían el brillo frío y letal de un hombre dispuesto a quemar el mundo entero. No me voy a ir. Ese es mi hijo y te juro por la vida de Dante que voy a destruir a Fabiola. Voy a arrancar la familia Mendoza de Raíz.
Nayeli se detuvo en la esquina del callejón. No se giró, solo giró un poco la cabeza para lanzar sus últimas palabras. Dante no tiene mucho tiempo, Héctor. La medicina caducada ya no le hace efecto. Sus pulmones están fallando. Guárdate tu venganza de millonario. Yo solo quiero que mi hijo respire. Y sin más, Nayeli se perdió entre el mar de peatones y el tráfico de la ciudad, dejando a Héctor solo en la sombra del callejón. El magnate se quedó paralizado por unos segundos.
La desesperación se transformó en una claridad fría y absoluta. Sacó su teléfono satelital del bolsillo interior de su saco arruinado. La pantalla estaba manchada de lágrimas y polvo. Marcó de nuevo el número de Vargas, su jefe de inteligencia y seguridad. Vargas, dijo Héctor con una voz que no dejaba lugar a la negociación. Prepara el helicóptero. Quiero un equipo táctico de seguridad médica en posición y comunícate con la junta directiva de farmacéuticas Mendoza Villalobos. Diles que el presidente acaba de convocar una reunión de emergencia esta noche en la mansión.
¿Cuál es la agenda, señor?, preguntó Vargas, captando la tensión letal en la voz de su jefe. Héctor miró el extremo del callejón por donde Nayeli había desaparecido. Guerra total. Las puertas de hierro forjado de la mansión Villalobo se abrieron en silencio. La camioneta blindada entró a toda velocidad, triturando la grava blanca del camino principal y frenando a centímetros de la fuente de mármol italiano. Héctor bajó del vehículo antes de que el motor se apagara por completo. Ignoró a los guardias de seguridad armados que lo miraban con desconcierto.
Su traje, una obra maestra de la sastrería europea, seguía manchado con el barro de la favela y el polvo del callejón. Sus zapatos de cuero dejaban huellas sucias sobre el impecable suelo de granito del vestíbulo. Caminó directamente hacia la sala principal. Fabiola Mendoza estaba sentada en el sofá de terciopelo blanco. Llevaba un vestido de seda esmeralda, sosteniendo una copa de champán cristalino mientras revisaba un catálogo de subastas de arte en su tableta. La luz de los candelabros de cristal iluminaba su rostro perfectamente esculpido, frío e inalterable.