Desde que se casaron, la Nochebuena se celebra en su departamento grande, en Polanco.
Acepté sin pensarlo demasiado.
Cuarenta y cinco personas no es poca cosa.
Pero todos conocían mi pierna de cerdo al horno, mis romeritos y mis chiles rellenos.
Y, en el fondo… me hacía ilusión.
La víspera de Nochebuena, el 23 de diciembre, fui a su casa para adelantar trabajo.
Pasé todo el día:
limpiando camarones,
adobando la carne,
preparando caldos.
A media tarde ya me dolían los pies.
Pero ver todas las bandejas alineadas en la encimera me daba cierta satisfacción.
En un momento salí al pasillo a buscar papel film.
Y entonces escuché voces en la sala.
Eran Paola y su hermana Claudia.
No me veían.
—Mira, yo solo quiero que todo salga perfecto —decía Paola—.
Menos mal que la madre de Alejandro cocina.
Claudia preguntó:
—¿Y dónde la sentáis? ¿Con ustedes?
Paola se rió.
—No, mujer.
Estará en la cocina calentando cosas hasta el último momento.
Luego añadió, con total naturalidad:
—Que coma después allí… tranquilita.
Total, está acostumbrada.
Sentí cómo algo dentro de mí se congelaba.
Me quedé quieta, con el rollo de film en la mano.
“Que coma luego en la cocina.”
Aquella frase no dejaba de resonar en mi cabeza.
Era mi Nochebuena.
Ellos en la mesa principal.
Y yo… como si fuera el servicio.
Tragué saliva.