Los cuadros de Isabel colgaban en la pared: paisajes llenos de luz, caminos abiertos, cielos amplios.
Sus hijos y sus nietos estaban allí, orgullosos.
Alejandro permanecía a su lado, discreto.
Mientras observaba sus pinturas, Isabel comprendió algo importante.
Su vida no se había roto.
Solo había cambiado de rumbo.
Seguía teniendo su casa, su jardín, su familia.
Tenía nuevas conversaciones, nuevos proyectos.
Y, sobre todo, se tenía a sí misma.
Una mañana salió al jardín temprano.
El sol iluminaba las flores recién abiertas.
Respiró profundamente.
No sabía qué le traerían los próximos años.
Tal vez Alejandro se convertiría en algo más.
Tal vez solo sería un buen amigo.
Pero ya no tenía miedo.
Porque había dejado de esperar que alguien la eligiera.
Se había elegido a sí misma.
Y en esa decisión encontró una fuerza tranquila que nadie podría quitarle jamás.