La empleada recogía obras del restaurante. El millonario la siguió y descubrió algo impactante. Héctor Villalobos detuvo la copa de cristal a milímetros de sus labios. Su respiración se cortó de golpe. El murmullo del restaurante más exclusivo de San Pedro Garsa García desapareció de su mente, tragado por un zumbido ensordecedor que le heló la sangre. Frente a él, a solo tres mesas de distancia, había un fantasma.
Sus socios alemanes hablaban de una fusión farmacéutica de 50 millones de dólares. El abogado gesticulaba mostrando gráficos de ganancias. Héctor no escuchaba una sola palabra. Sus ojos, oscuros y habitualmente fríos, estaban clavados en la estación de servicio del rincón, donde los meseros arrojaban los platos sucios. Allí estaba ella, Nayeli. Héctor parpadeó con fuerza, creyendo que el estrés le estaba jugando una mala pasada, pero no. Era la misma mujer que había abandonado hace 5 años. La misma mujer brillante, la enfermera de urgencias con un futuro impecable, la única persona que lo había amado antes de que su cuenta bancaria tuviera 9 ceros.
Pero la mujer que estaba viendo ahora no se parecía en nada al recuerdo que lo atormentaba en sus noches de insomnio. Llevaba un uniforme médico azul marino, completamente desgastado y descolorido por los lavados. Sobre el uniforme, un delantal negro de restaurante, manchado de grasa y salsas llevaba el cabello recogido en una coleta apresurada. Sus manos, antes suaves y precisas al curar heridas, ahora estaban envueltas en gruesos guantes de goma amarillos. Agrietados por el uso, Héctor sintió un golpe físico en el estómago.
La observó moverse con una rapidez nerviosa, casi paranoica. Nayeli no estaba limpiando las mesas, estaba robando con movimientos calculados para evitar que el gerente del restaurante la viera, Nayel y raspar los restos de comida de los platos finos, pedazos de salmón a medio comer, pan intacto, sobras de risoto. Todo iba a parar rápidamente a unas bolsas de plástico transparente que escondía en un balde de limpieza bajo la estación. “Señor Villalobos, ¿está de acuerdo con la cláusula de exclusividad?”, preguntó el abogado interrumpiendo el trance.
Héctor no respondió, no apartó la vista. Vio como un mesero de traje impecable pasaba junto a Nayeli y la empujaba accidentalmente con el hombro. “Quítate del medio, basura”, le siseó el mesero, molesto por tener que esquivar a la empleada de limpieza. Si el gerente te ve escarvando en las obras otra vez, te despide hoy mismo. El magnate, acostumbrado a destruir empresas rivales con una sola llamada, sintió que el aire le faltaba. Esperó a que Nayeli se levantara, a que mostrara esa furia indomable que siempre la había caracterizado.
Esperó a que le gritara, a que se defendiera, pero no lo hizo. Nayeli bajó la cabeza. Sus hombros se encogieron sometidos, derrotados. murmuró una disculpa inaudible. Aferró con fuerza la bolsa de plástico llena de sobras y siguió limpiando la mesa con un trapo sucio. Esa imagen rompió algo dentro de Héctor. La culpa que había enterrado bajo capas de trajes a la medida, autos blindados y mansiones de mármol, estalló de golpe. “Señor Villalobos”, insistió el socio alemán, visiblemente molesto por la falta de atención.
Héctor soltó la copa de cristal, chocó contra la mesa derramando vino tinto sobre los documentos millonarios. El líquido oscuro se expandió como sangre sobre el papel. “La reunión terminó”, dijo Héctor con una voz tan grave y áspera que silenció a todos en la mesa. “¿Qué, Héctor? Estamos a punto de firmar.” Intentó intervenir su abogado con los ojos muy abiertos. Héctor se puso de pie de golpe. La pesada silla de roble raspó violentamente contra el suelo de mármol, atrayendo las miradas de varios comensales de la élite regiomontana.
No le importó. No le importaban los 50 millones, no le importaba la fusión. Dio un paso hacia la estación de servicio. Necesitaba hablar con ella. Necesitaba entender cómo la mujer más inteligente que conocía había terminado rogando por las migajas de los ricos. Pero justo cuando iba a cruzar el salón, las puertas dobles de la cocina se abrieron de golpe. El gerente del restaurante apareció agarrando a Anayeli por el brazo con violencia. “Te dije que no te quería ver en el salón con esa ropa sucia”, le gritó el gerente en voz baja, pero cargada de veneno.
Al callejón, saca tu basura por atrás. Nayeli no se resistió, aferró sus dos pesadas bolsas de plástico transparente y desapareció empujada por el gerente hacia las profundidades de la cocina. Héctor apretó los puños. sintió un impulso salvaje de ir a la cocina, tomar al gerente por el cuello y comprar el maldito restaurante entero solo para despedirlo en el acto. Pero se detuvo. Si Nayeli lo veía allí vestido con un traje Tom Ford de $10,000, la humillación sería demasiado grande para ella.
Tenía que saber la verdad primero. Tenía que saber a dónde iba. Sin despedirse de sus socios, ignorando las llamadas de su abogado, que gritaba su nombre en el restaurante, Héctor caminó rápido hacia la salida principal. El juego había cambiado. El pasado acababa de estrellarse contra su presente. La noche en Monterrey era calurosa y opresiva. Héctor salió del restaurante casi corriendo. El ballet parking apenas tuvo tiempo de traer su camioneta blindada color negro carbón. Su chóer de seguridad privada le abrió la puerta trasera como de costumbre.
“Bájate, Roberto, yo manejo hoy.” Ordenó Héctor cortante. El guardia de seguridad parpadeo desconcertado. Héctor nunca manejaba. “Pero, señor Villalobos, los protocolos de Segur. Que te bajes de mi camioneta ahora.” rugió Héctor. El chóer obedeció al instante. Héctor subió al asiento del conductor, arrancó el motor B8 con un rugido sordo y aceleró bruscamente, dejando atrás las luces doradas y los escaparates de lujo de la avenida principal. Giró el volante hacia el callejón trasero del restaurante. Llegó justo a tiempo.
Bajo la luz parpade de un farol roto, vio a Anayeli salir por la puerta de servicio. Caminaba rápido, encorbada por el peso de las dos grandes bolsas de plástico que cargaba. No llevaba bolso ni chaqueta, solo ese uniforme desgastado y unos tenis rotos que sonaban contra el asfalto mojado. Héctor apagó las luces de la camioneta. A la distancia prudente de 50 met comenzó a seguirla. El trayecto fue una tortura silenciosa. Nayeli caminó cinco cuadras hasta llegar a una parada de autobús oxidada y vandalizada.
Héctor detuvo la camioneta en la esquina oculto en las sombras. Vio como ella se abrazaba a sí misma en la oscuridad. Vio cómo revisaba el interior de sus bolsas de plástico transparente. Héctor entrecerró los ojos para ver mejor. A la luz de los faros de los autos que pasaban, notó algo extraño en la basura que Nayeli había recolectado. No solo eran sobras de comida. En la segunda bolsa había cajas de cartón aplastadas, frascos de vidrio vacíos y lo que parecían ser mangueras de suero intravenoso rescatadas del contenedor de reciclaje de la farmacia de la esquina.
¿Qué demonios estaba haciendo una exenfermera de élite con basura médica descartada? Un autobús urbano viejo soltando una nube de humo negro por el escape frenó chirriando frente a la parada. Nayeli subió arrastrando las bolsas. Héctor pisó el acelerador. La imponente camioneta blindada comenzó a seguir al destartalado transporte público. El paisaje cambió drásticamente. Dejaron atrás los rascacielos iluminados, las mansiones con guardias armados y los boulevares limpios. El autobús comenzó a subir por las calles empinadas de la periferia.