El asfalto desapareció, reemplazado por tierra, baches profundos y perros callejeros famélicos escarvando en la basura. Héctor sintió un nudo en la garganta. El contraste era brutal. Él dormía en sábanas de seda egipcia. La mujer a la que le juró amor eterno viajaba de noche hacia la miseria absoluta. El autobús finalmente se detuvo en la parte más alta y oscura de la colonia. un laberinto de casas a medio construir apiladas unas sobre otras en la ladera del cerro.
Las paredes eran de ladrillo agrietado, expuesto y sin pintura. Los techos, simples láminas de metal oxidado sostenidas por llantas viejas para que el viento no se las llevara. Nayeli bajó del autobús. La calle era demasiado estrecha y escarpada para la camioneta de Héctor. Apagó el motor, quitó el seguro de la puerta. sabía que estaba rompiendo todas las reglas de seguridad. Un hombre con un reloj Patec Philip en la muñeca caminando solo por ese barrio a medianoche era un objetivo móvil.
Pero el miedo no existía en su mente en ese momento. Solo existía la urgencia desesperada de saber qué había sido de Nayeli. Se bajó del vehículo pisando el barro húmedo con sus zapatos italianos. Cerró la puerta sin hacer ruido y comenzó a seguirla a pie, manteniendo la distancia, pegándose a las sombras de los muros sin terminar. El olor a humedad, a leña quemada y a desagüe inundaba el aire. La respiración de Héctor era pesada. Veía la silueta de Nayeli caminar con dificultad por la cuesta empinada, deteniéndose a ratos para recuperar el aliento.
Sus rodillas temblaban por el esfuerzo de cargar las bolsas, pero no se detenía. Había una urgencia en sus pasos. una determinación feroz. Finalmente, Nayeli se detuvo frente a la casa más precaria de toda la cuadra. Era una estructura pequeña casi hundida en el terreno. La puerta no era más que una plancha de metal abollada, asegurada con una cadena delgada. Una luz cálida, amarillenta y muy tenue se filtraba por las rendijas de la puerta. Héctor se ocultó detrás de un muro de bloques de concreto a escasos 10 m.
Su corazón latía con tanta fuerza que le dolía el pecho. La observó Nayel y dejó las bolsas en el suelo de tierra. Se quitó los guantes amarillos con prisa, metió una llave oxidada en el candado y empujó la pesada puerta de metal. La puerta crujió abriéndose lentamente. Héctor contuvo la respiración. Iba a salir de su escondite, iba a gritar su nombre. iba a sacar un cheque, iba a hacer lo que estuviera en su poder para sacarla de ese infierno.
De inmediato dio un paso al frente, abriendo la boca para hablar, pero entonces algo lo paralizó por completo. La luz cálida del interior de la casa bañó el rostro de Nayeli, revelando una sonrisa repentina, una sonrisa llena de un amor puro y desesperado que borró todo el cansancio de su rostro. Ya llegué, mi amor”, susurró Nayeli, con la voz quebrada pero dulce. Desde la oscuridad del interior de la casa precaria, unos pequeños pies descalzos corrieron hacia la puerta.
Héctor se congeló. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. Un escalofrío de terror y asombro le recorrió la columna vertebral, clavándolo al suelo embarrado. En el umbral de la puerta, aferrándose a la pierna del pantalón de Nayeli, apareció un niño. Tenía unos 4 años. Llevaba una camiseta gris demasiado grande para su pequeño cuerpo delgado. Pero no fue la pobreza del niño lo que dejó a Héctor sin oxígeno en los pulmones. Fue su rostro. A la luz tenue de esa casa de lámina, Héctor vio sus propios ojos, vio su propia nariz, vio el mismo cabello negro y rebelde que él tenía en su juventud.
El niño tosió fuertemente, un sonido seco y enfermo que hizo eco en el silencio de la calle antes de levantar la vista hacia Nayeli. “¿Trajiste mi medicina, mami?”, preguntó el pequeño con una voz frágil y cansada. Héctor retrocedió un paso chocando bruscamente contra el muro de concreto. El impacto le sacó el aire. Se llevó una mano temblorosa a la boca, intentando ahogar el grito de puro terror y realización que amenazaba con desgarrarle la garganta. 5 años. La había abandonado hace 5 años exactos.
El millonario, el hombre que controlaba la vida y la muerte en el mercado farmacéutico, cayó de rodillas sobre el barro frío. El mundo entero se derrumbó sobre sus hombros. Ese niño enfermo, escondido en la miseria absoluta, era su hijo. El barro helado empapaba los pantalones de lana italiana de Héctor, pero él no sentía el frío. No sentía nada más que el golpeteo violento de su propio corazón contra las costillas. Arrodillado en la oscuridad, con las manos hundidas en la tierra húmeda de la favela regiomontana, no podía apartar la mirada de la escena que se desarrollaba a 10 m de él.
La puerta de metal oxidado seguía entreabierta. La luz amarillenta recortaba las siluetas de la mujer que había jurado proteger y del niño que no sabía que existía. Sí, mi amor. Mamá trajo la medicina, respondió Nayeli con una voz que intentaba sonar fuerte, pero que se quebraba por el cansancio. Dante tosió de nuevo. No era la tos de un resfriado común. Era un sonido profundo, húmedo y desgarrador que hacía que el pequeño cuerpo se encorbara por completo. Nayeli dejó caer las bolsas de basura de inmediato, se arrodilló en el suelo de tierra compactada de su casa y envolvió al niño en sus brazos.
Héctor ahogó un soyoso apretándose la boca con la mano manchada de lodo. Los ojos de Dante eran sus ojos, la forma de su mandíbula, el cabello oscuro y espeso. Era verse a sí mismo en un espejo del pasado, pero frágil, desnutrido y habitando en la miseria más absoluta. “Me duele el pecho, mami”, murmuró el niño escondiendo el rostro en el cuello de Nayeli. “Ya va a pasar, mi vida, ya va a pasar. Mira lo que traje. Desde su escondite, Héctor forzó la vista.
Observó como Nayeli, con manos temblorosas, pero expertas, abría la bolsa de plástico que había sacado del restaurante. No sacó la comida, sacó los frascos de vidrio vacíos y las mangueras de plástico que había rescatado de los contenedores de la farmacia. Héctor, el titán de la industria farmacéutica, el hombre que decidía el precio de la salud de medio país, observó horrorizado lo que estaba ocurriendo. Nayeli llevó los frascos a una pequeña mesa de madera coja, sacó una botella de alcohol, jeringas nuevas que había comprado con sus pocas propinas y comenzó a lavar y esterilizar las mangueras usadas con una precisión clínica.
Luego tomó tres frascos que parecían vacíos. Con una aguja fina extrajo las últimas gotas residuales de cada uno de ellos, reuniendo a duras penas un mlilro de líquido transparente en la jeringa principal. Héctor reconoció la etiqueta de los frascos, incluso desde la distancia. Era pulmocalm V, un medicamento pediátrico de última generación para afecciones respiratorias severas, un medicamento que su propia empresa fabrica, un medicamento cuyo precio él mismo había triplicado el año pasado para maximizar los márgenes de ganancia antes de la fusión alemana.
Un tratamiento que costaba más de 50,000 pesos mensuales. Nayeli, una enfermera brillante y con honores, estaba arriesgando su libertad, escarvando en la basura biológica para extraer las sobras de las ampolletas desechadas por los ricos solo para mantener vivo a su hijo. Al hijo de Héctor. “Ven, siéntate aquí, campeón”, le dijo ella, preparándole un improvisado nebulizador casero conectado a la jeringa. El niño obedeció sin quejarse, acostumbrado a la rutina. Mientras la máquina vieja empezaba a zumbar, bombeando el medicamento rescatado hacia los pulmones de Dante, Nayeli se dejó caer contra la pared de ladrillos sin pintar.
Cerró los ojos y por primera vez en toda la noche dejó escapar una lágrima solitaria que resbaló por su mejilla sucia. Héctor quiso gritar, quiso levantarse, patear esa puerta de lámina, sacar su chequera y comprar el hospital entero esa misma noche. Quiso abrazar a ese niño y pedirle perdón a ella hasta quedarse sin voz. Se apoyó en el muro de concreto, listo para salir de las sombras, pero se detuvo. ¿Qué iba a decirle? Hola, Nayeli. Lamento haberte dejado por la heredera de un imperio hace 5 años cuando me dijiste que necesitabas hablar conmigo de algo urgente.
Iba a irrumpir en su casa vestido con un traje que costaba más de lo que ella ganaba en 5 años limpiando mesas. Ella huiría o peor, lo echaría a patadas. Y con justa razón, no. Héctor retrocedió un paso hacia la oscuridad. La puerta de metal se cerró lentamente desde adentro con un chirrido metálico, cortando el rayo de luz y dejándolo solo en la fría y húmeda penumbra de la calle. Tenía que actuar, pero tenía que hacerlo con inteligencia.