—Tienes una sensibilidad muy especial —le dijo.
Isabel sintió que se sonrojaba.
Hacía mucho tiempo que nadie la miraba así.
Mientras tanto, la vida con Lucía no resultó como Javier imaginaba.
La emoción inicial desapareció.
Lucía quería salir, viajar, vivir rodeada de gente.
No tenía paciencia para las preocupaciones ni para los silencios de Javier.
Las discusiones comenzaron.
Cada vez más frecuentes.
Un día Javier apareció frente a la casa de Isabel.
Ella estaba en el jardín.
—¿Podemos hablar? —preguntó él.
—¿Sobre qué?
—Me equivoqué… confundí ilusión con amor. Extraño nuestro hogar. Te extraño a ti.
Isabel lo miró con calma.
—Extrañas la seguridad —respondió—. No a mí.
Javier suspiró.
—Pensé que merecía otra oportunidad para ser feliz.
—Y yo merecía respeto —dijo ella—. Lo más difícil no fue que amaras a otra mujer. Fue que por un tiempo creí que yo no era suficiente.
Javier levantó la mirada, sorprendido.
—Ahora sé que sí lo soy —continuó Isabel—. Y no quiero volver atrás.
Javier comprendió entonces que había perdido algo que ya no podía recuperar.
Se marchó sin insistir.
Esa tarde Isabel se encontró con Alejandro en una pequeña cafetería del centro de Puebla.
Le contó todo lo ocurrido.
—¿Y cómo te sientes? —preguntó él.
Isabel pensó unos segundos.
—En paz —respondió—. Como si hubiera cerrado una puerta para siempre.
Alejandro sonrió.
—A veces cerrar una puerta es la única forma de abrir otra.
Meses después el taller organizó una exposición.