Cuando el barco comenzó a separarse del muelle, sentí una mezcla de duelo, miedo y libertad.
Raúl había muerto; eso era real y doloroso.
Pero también era real que yo no había muerto con él.
Apoyé la mano en la barandilla, respiré el aire salado y miré cómo la ciudad se hacía pequeña.
No sabía si mis hijos tardarían semanas o años en entenderlo.
Tal vez nunca lo entendieran del todo.
Pero por primera vez en mucho tiempo, eso no iba a decidir mi vida.
Si alguna vez te han querido convertir en una obligación con piernas, ya sabes por qué María Fernanda no se quedó.
A veces el acto más escandaloso no es irse, sino negarse a seguir siendo utilizada.
Y tú, en su lugar,
¿habrías subido al barco… o te habrías quedado explicando una vez más lo que nadie quería escuchar?