Su dinero, su poder, sus contactos, todo se había desvanecido en el aire en el momento exacto en que la vida de su hijo dependía de ello. Fabiola le había tendido una trampa perfecta. No solo iba a destruirlo financieramente, iba a dejar que su hijo muriera asfixiado mientras él miraba desde afuera de sus propios laboratorios. El reloj corría. 13 minutos. Héctor apretó los dientes sintiendo el sabor metálico de la sangre en su boca. Dile al piloto que despegue Vargas.
Señor, se lo advierto, si aterrizamos en los laboratorios nos van a arrestar antes de que podamos tocar las bóvedas. No tenemos autoridad. No necesitamos autoridad, Vargas, gruñó Héctor caminando hacia el helicóptero bajo la tormenta de viento con la mirada de un hombre que ya no tenía absolutamente nada que perder. Necesitamos potencia de fuego. Dile a tu equipo táctico que cargue las armas. Vamos a asaltar nuestra propia empresa. El helicóptero bimotor cortó el cielo nocturno de Monterrey como una cuchilla negra.
Abajo, las luces de la ciudad se difuminaban en un mar de neón y sombras, pero Héctor Villalobos no miraba por la ventanilla. Sus ojos estaban clavados en el cronógrafo de su reloj de pulsera. 9 minutos. Ese era el tiempo exacto que le quedaba al cerebro de Dante antes de que la falta de oxígeno causara un daño irreversible, o, peor aún, la muerte clínica. Nueve malditos minutos. Más rápido”, rugió Héctor por el auricular de comunicación, su voz compitiendo con el ensordecedor estruendo de las turbinas.
“Exprime los motores, no me importa si los quemas.” “Estamos al límite, señor”, respondió el piloto sudando frío mientras maniobraba la pesada aeronave esquivando rascacielos. Visualizo el parque industrial, pero las luces del elipuerto de los laboratorios centrales están en rojo. Han activado el protocolo de exclusión aérea. A través del parabrisas de la cabina, Héctor vio el imponente complejo de cristal y acero negro que albergaba el corazón de su imperio farmacéutico. Las alarmas estroboscópicas parpadeaban furiosamente en la azotea.
Y peor aún, bajo las luces de emergencia, un escuadrón táctico de seguridad privada estaba desplegado en formación de combate alrededor de la pista de aterrizaje. Llevaban chalecos antibalas, cascos balísticos y rifles de asalto apuntando directamente hacia el cielo. Sus propios hombres, comprados y controlados ahora por la orden federal de Fabiola. Aterriza”, ordenó Héctor desabrochándose el cinturón de seguridad. “Señor, ¿tienen autorización para abrir fuego si tocamos la pista?”, gritó el piloto aterrado. Vargas, sentado frente a Héctor en la cabina trasera, amartilló su subfusil compacto con un chasquido metálico y letal.
Sus cuatro hombres de élite hicieron lo mismo en perfecta sincronía. Aterriza esta cosa ahora mismo o te pego un tiro yo mismo,”, sentenció Vargas con una frialdad espeluznante. El piloto tragó saliva, hizo un giro brusco y dejó caer el helicóptero en picada. Los patines de aterrizaje golpearon el concreto de la azotea con una violencia que sacudió toda la estructura. Antes de que las aspas dejaran de girar, Héctor pateó la puerta corrediza y saltó al techo, envuelto en el vendaval ensordecedor de los rotores.
“Alto ahí, señor Villalobos!”, gritó el capitán del escuadrón de Tierra a través de un megáfono a 20 m de distancia. Una docena de punteros láser rojos se clavaron instantáneamente en el pecho de Héctor y en la cabeza de Vargas. Tenemos una orden de restricción federal ejecutiva. El complejo está bajo confinamiento. Baje de la plataforma y ponga las manos en la cabeza. Héctor no se detuvo. No levantó las manos, ni siquiera parpadeó ante los 12 rifles que le apuntaban al corazón.
Caminó directamente hacia la línea de fuego con pasos pesados y decididos como un dios de la guerra bajando al inframundo. Vargas y su equipo avanzaron flanqueándolo, formando un escudo humano asimétrico con las armas en alto, listos para desatar una masacre en la azotea de su propio corporativo. “Dispara si tienes el valor, Ramírez”, rugió Héctor, reconociendo al capitán de los guardias por su apellido. Dispara y te juro que los mato a todos antes de que mi cuerpo toque el suelo.
Mi hijo se está muriendo en un hospital público y vengo por su medicina. Quítate de mi maldito camino. El capitán Ramírez dudó. El dedo le tembló en el gatillo. Él trabajaba para la empresa, sí, pero Héctor Villalobos era la empresa. La furia demoníaca en los ojos del magnate no era la de un ejecutivo desesperado, era la de un padre dispuesto a bañar el techo en sangre. Ramírez bajó el cañón de su rifle una pulgada. Fue suficiente. Abran paso!
Gritó el capitán a sus hombres haciéndose a un lado. Los mercenarios bajaron las armas separándose como el Mar Rojo. Héctor pasó entre ellos sin mirar atrás, seguido de cerca por Vargas, pateando la puerta de acceso al cubo de los ascensores. Nivel3. Bóveda de refrigeración de alta seguridad, ordenó Héctor al entrar al elevador de cristal. Vargas deslizó su tarjeta de acceso maestro. El elevador descendió en caída libre controlada, tragándose los pisos en segundos. El silencio en la cabina era agónico.
Héctor miró su reloj. 7 minutos. Las puertas se abrieron en el subsuelo. El aire acondicionado del nivel -3 era glacial. Frente a ellos se alzaba una puerta circular de titanio puro de 2 m de grosor incrustada en un muro de concreto reforzado. Era la bóveda donde se almacenaban los viales de primera línea, los prototipos y los biológicos más valiosos y peligrosos del continente, entre ellos el pulmocal B. Héctor corrió hacia el panel de control lateral, apoyó la palma de su mano derecha en el escáner biométrico y acercó su ojo al lector de retina.
Una luz verde horizontal escaneó su rostro. El sistema zumbó. Héctor contuvo la respiración esperando el habitual chasquido de los engranajes de titanio liberándose. En lugar de eso, la luz verde parpadeó y se volvió de un rojo intenso y sangriento. Una voz sintética femenina resonó en el pasillo subterráneo. Acceso denegado. Credenciales biométricas bloqueadas. Cierre de seguridad por orden de la junta directiva. Código Override requerido. Héctor retrocedió como si le hubieran dado un puñetazo en la mandíbula. Golpeó el panel de cristal con el puño cerrado, rompiendo la pantalla en pedazos.
Vargas, vuela esta puerta. Ponle C4 a las bisagras, gritó Héctor completamente fuera de sí, con la voz quebrada por el pánico. Vargas se acercó corriendo a la puerta de titanio, examinó el marco de sellado al vacío y negó con la cabeza lentamente. No puedo, señor. Te pago para que puedas, sea. Vuela la puerta. No es la puerta, señor, es lo que hay adentro. Gritó Vargas agarrando a Héctor por los hombros para hacerlo reaccionar. Usted mismo diseñó esta bóveda.
Está sellada al vacío termorregulado. Si detono explosivos plásticos para abrir una brecha, la onda de choque y el cambio de presión instantáneo van a vaporizar todos los viales de cristal en el interior. El pulmocal M es un compuesto inestable. Se hará polvo si volamos la bóveda. El mundo entero se derrumbó sobre la cabeza de Héctor. Se tambaleó hacia atrás, apoyando la espalda contra la fría pared de concreto. Su propio genio, su paranoia corporativa, su obsesión por proteger sus billones de dólares acababan de convertirse en la tumba de su hijo.
Fabiola lo sabía. Sabía que él intentaría entrar por la fuerza y sabía que la violencia no le serviría de nada. Era el bloqueo, maestro, una trampa de la que no podía salir disparando. 6 minutos. El teléfono de Héctor vibró en su bolsillo. Lo sacó con manos temblorosas. Era un mensaje de texto de Nayeli. Solo dos palabras que le congelaron el alma. Está y anótico. Apresúrate. Dante se estaba poniendo azul. El oxígeno ya no llegaba a sus órganos.
se estaba asfixiando. Héctor cerró los ojos y dejó caer una lágrima de pura impotencia, gruesa y pesada, que rodó por su mejilla sucia. Miró la bóveda de titanio. Su hijo estaba del otro lado de la ciudad muriendo y la cura estaba a 3 m de distancia, oculta detrás de una pared inquebrantable de burocracia, venganza y acero. Abrió los ojos. La desesperación desapareció, reemplazada por una claridad gélida, absoluta y aterradora. Había una sola llave para abrir esa puerta y le iba a costar todo lo que tenía.
Héctor desbloqueó su teléfono, ignoró el mensaje de Nayeli y marcó un número directo a través de una línea encriptada. Sonó una vez. Sonó dos veces. A la tercera, la videollamada se conectó. La pantalla se iluminó, mostrando el rostro de Fabiola Mendoza. Estaba sentada en el lujoso despacho de madera de cerezo de su padre, fumando un cigarrillo ultradelgado. Una sonrisa sutil, venenosa y victoriosa curvaba sus labios perfectamente pintados de rojo. “¿Problemas para entrar a tu propia casa, mi amor?”, preguntó Fabiola con un tono de falsa compasión que hizo que a Vargas se le tensara la mandíbula al escucharla por el altavoz.
Héctor no perdió tiempo, no le gritó, no la insultó. Cada segundo que gastaba en ego era un segundo de oxígeno que le robaba a su hijo. ¿Qué quieres?, preguntó Héctor con una voz plana, muerta, sosteniendo el teléfono frente a su rostro en el pasillo subterráneo. Ponle precio, Fabiola. Di el número. ¿Qué necesitas para teclear el código en tu sistema y abrir esta bóveda ahora mismo? Fabiola dio una calada a su cigarrillo y exhaló el humo lentamente frente a la cámara.