Cuando finalmente nos separamos, Mateo se limpió la cara con el dorso de la mano, apenado por haber mostrado tanta vulnerabilidad. Yo le puse una mano en el hombro, apretando con firmeza.
—No te avergüences, hijo —le dije, y la palabra “hijo” salió de mi boca con una naturalidad que me asombró—. El llanto es el agua que necesita el alma para volver a florecer.
Lupita, que seguía aferrada a mi mano, me miró con sus enormes ojos negros, ahora más brillantes que nunca.
—Señor Ricardo… ¿podemos enseñarle algo? —preguntó la pequeña con un hilo de voz—. Es algo que encontramos cuando llegamos, pero no sabíamos si era de alguien. Lo guardamos para que no se mojara con la lluvia.
Asentí, intrigado. Mateo me hizo una seña para que los siguiera al interior de la ruina. Entré con paso vacilante. El olor a humedad, a tierra vieja y a recuerdos olvidados me golpeó el rostro. Los techos de vigas de madera estaban peligrosamente arqueados, y en algunas partes se veía el cielo a través de los agujeros.
Caminamos hacia lo que alguna vez fue la recámara principal, el santuario de mi madre. Mateo se acercó a un rincón donde el adobe se había desmoronado, revelando un pequeño hueco en la pared. De ahí sacó una caja de madera vieja, una caja de puros que mi padre solía usar para guardar clavos, pero que ahora estaba limpia y envuelta en un pedazo de tela de saco.
—La encontramos ahí metida —dijo Mateo, entregándomela con una reverencia casi religiosa—. No quisimos tirar nada que pudiera ser importante. Pensamos que, si algún día el dueño volvía, querría tener sus cosas.
Mis manos temblaron al tomar la caja. La madera estaba reseca y crujía bajo mis dedos. Con el corazón martilleando en mis costillas, levanté la tapa.
Lo primero que vi fueron fotografías. Fotografías en blanco y negro, con los bordes carcomidos por el tiempo. Ahí estaban mis padres el día de su boda, jóvenes, llenos de una esperanza que la vida rural se encargaría de marchitar. Ahí estaba yo, a los siete años, montado en un burro, riendo con toda la boca abierta.
Pero debajo de las fotos, había algo que me hizo perder el aliento. Un sobre de papel estraza, amarillento, casi transparente por la vejez. En el frente, con una caligrafía temblorosa pero elegante, estaba escrito mi nombre: “Para mi hijo, Ricardo Morales”.
Me dejé caer en un viejo banco de madera que aún resistía el peso. Los niños se sentaron a mis pies, en silencio absoluto, respetando mi dolor. Con dedos torpes, abrí el sobre. La carta estaba fechada apenas tres meses antes de la muerte de mi madre, hace 27 años.
—¿Quiere que se la lea, señor? —susurró Mateo—. Yo sé leer bien.
—No, Mateo —respondí, tragando saliva—. Necesito leerla yo mismo. Necesito escuchar su voz una última vez.
“Mi queridísimo Ricardo”, comenzaba la carta. “No sé si algún día leas esto. Tu padre era un hombre de piedra, un hombre duro que dijo cosas que no debió decir, pero te amaba a su manera, aunque nunca supo cómo decírtelo sin gritar. Te escribo porque quiero que sepas algo antes de que me toque irme a descansar al lado de Dios: Nunca me avergoncé de ti. Ni un solo día de mi vida.”
Un sollozo se me escapó, rompiendo el silencio de la habitación.