—Tienes que tratar las raíces con mucho cuidado, Santi —le estaba diciendo el muchacho mayor al niño, con una voz que intentaba sonar grave y protectora, como la de un adulto—. Mamá siempre decía que, si eres brusco con la tierra, las flores se asustan y no vuelven a crecer el año que entra. Trátalas suavecito.
La escena era tan surrealista, tan ajena a mi mundo de rascacielos, juntas de consejo y cuentas en dólares, que por un momento pensé que el calor me estaba haciendo alucinar. ¿Qué hacían estos chamacos aquí? ¿En mi propiedad? ¿En las ruinas de mi pasado?
El instinto del hombre de negocios, frío y calculador, salió a la defensiva.
—¡Disculpen! —grité de pronto, con el tono duro, ronco y autoritario que usaba para despedir gerentes o cancelar contratos millonarios.
Los tres niños dieron un salto. El terror puro cruzó por sus rostros. Se giraron de golpe, con los ojos muy abiertos, como venaditos sorprendidos por los faros de un camión en la carretera.
La niña del vestido azul soltó un quejido agudo y corrió a esconderse detrás de las piernas de su hermano mayor, aferrándose a su pantalón con sus manitas sucias de tierra.
Pero el muchacho de trece años… él no corrió.
Lejos de huir, se irguió por completo. Alzó la barbilla, limpió sus manos llenas de lodo en sus pantalones y me sostuvo la mirada. Se plantó frente a sus hermanos menores, abriendo un poco los brazos, convirtiéndose en un escudo humano. Vi cómo le temblaba la mandíbula, pero sus ojos oscuros estaban llenos de una valentía fiera y desesperada.
—¿Se le ofrece algo, señor? —preguntó el muchacho. Su voz temblaba ligeramente, pero no bajó la mirada—. Esta es propiedad privada. No debería estar usted aquí.
Solté una carcajada seca. Una risa sin gracia, llena de incredulidad y un poco de arrogancia.
—¿Propiedad privada? —di un paso al frente, aplastando un rábano silvestre con mi zapato de diez mil pesos. Crucé los brazos—. Chamaco, yo soy el dueño de esta propiedad. Tengo los papeles en mi camioneta que lo demuestran. Y vuelvo a preguntar: ¿Qué demonios hacen ustedes metidos en mi terreno?
Los niños intercambiaron miradas de pánico. El de en medio, Santi, apretó los puños y dio un paso atrás.
—Nosotros… nosotros vivimos aquí, señor —dijo el muchacho mayor, sin retroceder un solo milímetro—. Bueno, no adentro de la casa. El techo de adentro se está cayendo a pedazos y hay animales. No es seguro para mi hermanita. Pero vivimos aquí, en la parte de atrás. Nosotros cuidamos el jardín. Cuidamos todo.
Fruncí el ceño. Mi mente analítica de empresario trataba de procesar la información, pero nada cuadraba.
—¿Viven aquí? —repliqué, alzando la voz—. Esto es una ruina a punto de colapsar. No hay agua corriente, no hay luz. ¿Dónde están sus padres? ¡Llámenlos ahora mismo! ¡Quiero hablar con los irresponsables que los tienen viviendo entre escombros!
El silencio que siguió a mis palabras fue denso, pesado, asfixiante. El viento dejó de soplar.
Vi cómo la niña del vestido azul asomaba su carita desde detrás de su hermano. Sus enormes ojos negros estaban brillantes, inundados de lágrimas que amenazaban con desbordarse.
—Solo somos nosotros, señor —dijo el hermano mayor. Bajó un poco la guardia, y su voz, antes valiente, de pronto se quebró, revelando al niño asustado que realmente era—. Solo somos nosotros desde hace tiempo.
Sentí como si me hubieran dado un puñetazo directo al pecho. Apreté la mandíbula. El enojo inicial se estaba transformando rápidamente en una incomodidad profunda, en un nudo que me apretaba la garganta.