Rosas rojas, amarillas y rosadas. Vibrantes, desafiantes y hermosas, aferrándose a la base de piedra de la casa en ruinas.
Me acerqué a paso lento, incrédulo, casi temiendo que fuera un espejismo provocado por el calor. Pero no. Ahí estaban. Estaban perfectamente podadas. La tierra oscura a su alrededor estaba húmeda, recién regada, creando un contraste dramático con la sequedad del resto del terreno. Alguien había arrancado la hierba mala de raíz con cuidado milimétrico. Las espinas estaban intactas, y los pétalos aterciopelados brillaban bajo el sol.
Sentí un escalofrío helado recorrer mi nuca, erizando el vello de mis brazos.
Ese era el antiguo jardín de mi madre. Ella amaba esas rosas. Decía que las había traído de un esqueje del pueblo de su abuela. Las cuidaba como si fueran sus hijas. Les hablaba por las mañanas mientras les echaba agua de pozo con una jícara de plástico.
¿Quién demonios estaba cuidando las flores de mi madre en una casa que llevaba casi tres décadas muerta? ¿Quién se tomaría la molestia de regar y podar en medio de la nada?
Respiré profundo, intentando calmar el latido acelerado de mi corazón que golpeaba contra mi pecho como un tambor de guerra. Di unos pasos más hacia la parte trasera, bordeando el muro desconchado, hacia donde solía estar la vieja milpa de mi padre.
Fue entonces cuando escuché las voces.
Me congelé. No eran voces de campesinos borrachos, ni de malvivientes o invasores de terrenos buscando dónde pasar la noche.
Eran voces agudas. Suaves.
Eran voces de niños.
Capítulo 2: Los pequeños guardianes del jardín
Caminé sigilosamente bordeando la pared desconchada. El corazón me retumbaba en los oídos, latiendo con una fuerza que creí haber perdido hace décadas. Cada paso que daba sobre la tierra seca levantaba pequeñas nubes de polvo que se pegaban a mi pantalón de casimir italiano.
Al dar la vuelta hacia el patio trasero, donde antes se extendía la milpa de mi padre, me quedé petrificado. El aliento se me cortó en seco.
Ahí, en medio de la desolación, bajo el sol rajatabla del mediodía mexicano, había un oasis. Un milagro de vida floreciendo en la tierra muerta. Y en el centro de ese milagro, tres niños.
No eran hijos de campesinos de la zona, ni malvivientes buscando qué robar. Eran tres criaturas pequeñas, delgadas, envueltas en ropa que claramente había conocido mejores días.
El mayor era un muchacho alto, de piel morena tostada por el sol, con una complexión delgada pero firme, curtida por el trabajo prematuro. Tendría unos trece años, no más. Llevaba una camisa color caqui gastada, deshilachada en los puños, y sus manos estaban cubiertas de tierra húmeda y oscura.
A su lado, arrodillado sobre la tierra, un niño más pequeño, de unos nueve o diez años. Llevaba una playera verde olivo deslavada que le quedaba dos tallas grande. Con un cuidado que me dejó mudo, acomodaba unas flores recién cortadas dentro de una vieja canasta de carrizo trenzado.
Y detrás de ellos, casi escondida como un pajarito asustado, había una niña pequeñita. No pasaba de los seis años. Su cabello negro y lacio estaba recogido en dos trenzas mal hechas. Llevaba un vestidito azul claro, manchado de lodo en las rodillas, y sus piececitos calzaban unos huaraches de cuero ya muy gastados. Entre sus pequeñas manos sostenía un ramito de cempasúchil y rosas rosadas.