Me giré para verlos de nuevo. Ya no con ojos de empresario, sino con los ojos del niño que alguna vez corrió descalzo por este mismo patio.
—Sí, muchacho —respondí con la voz ronca, forzando una sonrisa triste—. Estoy bien. Solo que… me acaba de entrar mucho polvo en los ojos.
Parte 2
Capítulo 3: El peso de una rosa y la sentencia de muerte
El silencio que cayó sobre el patio trasero era tan espeso que casi podía cortarse con un machete. El sol seguía castigando la tierra cuarteada, pero yo sentía un frío glacial recorriéndome la espalda.
Me pasé la mano por el rostro, intentando recuperar la compostura. Yo era Ricardo Morales, el hombre de acero, el titán de los bienes raíces. No podía desmoronarme frente a tres chamacos sucios en un pueblo perdido.
Pero cuando bajé la mano y volví a mirar a Mateo, a Santiago y a la pequeña Lupita, mi máscara de empresario implacable se hizo pedazos.
—Señor… —dijo Mateo, su voz había perdido esa fiereza inicial y ahora sonaba como lo que realmente era: un niño cansado de huir—. Si usted es el dueño… supongo que va a llamar a la policía. O a los del DIF.
Vi cómo los hombros del muchacho se encorvaban, derrotados por el peso de un sistema que nunca los protegió. Santiago, el hermano de en medio, dejó caer la canasta de carrizo. Las flores se esparcieron por la tierra seca.
—Recogeremos nuestras cosas, patrón —continuó Mateo, tragando saliva con dificultad—. No tenemos mucho. Unas cobijas viejas y unos botes. Solo… ¿nos daría chance de pasar la noche aquí? Ya casi oscurece y la carretera es peligrosa para la niña. Nos iremos mañana a primera hora, se lo juro por la virgencita.
El pánico en sus palabras me perforó el alma. Estaban tan acostumbrados a ser echados, a ser despreciados, a ser la basura que la sociedad esconde debajo de la alfombra.
Pero antes de que yo pudiera abrir la boca para responder, Santiago, el niño de en medio, dio un paso al frente. Sus ojos, enmarcados por ojeras oscuras que ningún niño de su edad debería tener, me clavaron una mirada llena de un resentimiento puro e inocente.
—Si esta casa es suya, señor… —dijo Santiago, con la voz temblando de coraje—. ¿Por qué la dejó morir? ¿Por qué dejó que se pudriera si era suya?
—¡Santi, cállate! —siseó Mateo, agarrándolo del brazo, aterrorizado de que mi enojo los condenara.
Pero no había enojo en mí. Solo una vergüenza tan grande, tan aplastante, que me obligó a desviar la mirada hacia el suelo polvoriento.
—Es una pregunta justa —respondí, y mi voz sonó ronca, marchita—. Es una pregunta muy justa, muchacho.
Caminé unos pasos, arrastrando mis zapatos de diseñador por la tierra, sintiéndome como el hombre más miserable del mundo.
—La dejé vacía —comencé a decir, hablándole más a mis propios demonios que a los niños— porque creí que había algo mejor esperándome allá afuera. Creí que el dinero, los lujos y el poder me harían alguien importante. Me fui porque era un joven estúpido y orgulloso. Y me mantuve lejos… porque era demasiado cobarde para admitir que me había equivocado.